LA EDUCACIÓN ONLINE: UN NUEVO RETO

Uno de los cambios más significativos que ha supuesto la situación de pandemia por la que atravesamos es la adaptación de nuestros trabajos presenciales a la actividad a distancia. No todas las profesiones se pueden ejercer en esta modalidad, pero la docencia sí es una de ellas. Escuelas, universidades, institutos, academias y, con ellas, profesorado y estudiantes, hemos tenido que cambiar – de manera bastante radical y, sobre todo, rápidamente – nuestras metodologías, nuestros criterios, incluso nuestros hábitos y rutinas diarias, para adaptarnos a la nueva realidad.

En un principio, este cambio nos pidió paciencia, perseverancia, flexibilidad y, sobre todo, una predisposición a reciclarnos sin la que no hubiéramos podido avanzar de ninguna manera. Toda la comunidad educativa: docentes, alumnado, familias, tuvimos que hacer acopio de buena voluntad y dotes de comunicación y, no, no siempre fue fácil: interminables horas de conexión, reuniones preparatorias, webinars (¡la palabra mágica!), y todo a contra reloj, porque sí, queríamos volver. Como fuese.

Marzo queda ya muy lejos (este año está siendo extrañamente lento y rápido al mismo tiempo, ¿no creéis?), y con él todos los descubrimientos que hemos hecho en relación a las mil y una maneras de comunicarnos en línea: plataformas y recursos educativos, redes sociales, juegos… ¡Nunca pensamos que pudieran existir tantos medios a nuestro alcance, pero ahí estaban, esperando a “florecer” esta primavera!

La enseñanza online tiene sus luces y sus sombras, como cualquier otra disciplina, y requiere de unos cambios en nuestra manera de enseñar y aprender que van desde el soporte en el que escribimos hasta nuestras más recónditas estructuras neuronales pero, más allá de todo el esfuerzo que hemos llevado a cabo (que aún estamos llevando a cabo), como docente, creo que deberíamos dar un paso atrás, tomar perspectiva y comprobar, una vez más, hasta qué punto los seres humanos pertenecemos a una especie privilegiada. Hasta qué punto somos capaces de resistir, evolucionar, adaptarnos y, sí, sobrevivir. Y todo en tiempo récord. Somos el equipo ganador. Me pregunto qué no podríamos hacer si pusiéramos esa energía y esa determinación en el objetivo de empezar a ser más bondadosos con nosotros mismos, con las personas que nos rodean y, por supuesto, con este planeta que es nuestra casa.

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